Teresa me resume sin conocerme, me conecto con el alma en conflicto de esta mujer de otro siglo, de otro tiempo, la amo porque simplemente no podré amarla nunca, porque creo que amar es un verbo que no he conjugado jamás, que en realidad idealice la respuesta física, biológica, química, porque necesitaba creer que eso que pasaba, que el dolor de guata era amor, pero soy incapaz de amar y ser amada, el amor es un beneficio de quienes pueden dejarse llevar y simplemente estar ahí.
Pero Teresa es distinta, amo su letra desgarradora, su autodestrucción escritural, la amo como amo a Pizarnik arrancándome el alma en cada verso, letra fonema, las amo porque tienen la bendita musa poética, cuando solo yo tengo la lupa viviseccionadora.
No amo al hombre, amo la poesía, amo la letra, le soy fiel al sonido, a la imagen, el resto son marionetas del destino, son meras ilusiones del cuerpo, distracciones, el texto trasciende y está aquí, siempre, sin mentiras, sin desilusiones, sin ilusiones, sin dolor en la guata, sin un corazón que se quiebra lentamente, sin las máscaras, solo el verso y yo, 100% yo.
Teresa Wilms Montt
..Es mi diario. Soy yo desconcertadamente desnuda, rebelde contra
todo lo establecido, grande entre lo pequeño, pequeña ante lo infinito...
Soy yo...
***
A pesar de que en mi alma se albergan lastimeras cuitas
se ilumina mi rostro al reír...
Maldigo y es de tal manera armónico el gesto de mis brazos en su
apóstrofe dolorido, que diríase que ellos se levantan a impulsos de una
fuerza extraña...,
¡Oh siglo agonizante de humanas vanidades! he cultivado un pedazo
de terreno fecundo, donde puedes desparramar las primeras simientes
destinadas a la Tierra Prometida.
***
Una campana impiadosa repite la hora y me hace comprender
que vivo, y me recuerda, también, que sufro".
***
Así desearía yo morir, como la luz de la lámpara sobre las cosas,
esparcida en sombras suaves y temblorosas.
***
...sabes mi trágica devoción a las leyendas
de príncipes encantados...
Sabes que una música melodiosa y un canto suave me hacían sollozar,
y que una palabra de afecto me hacía esclava de otra alma, y sabes, también,
que todo lo que soñé tuvo una realidad desgarradora.
***
Agonizando vivo y el mar está a mis pies/ y el firmamento coronando mis sienes
***
Nada tengo, nada dejo, nada pido.
Desnuda como nací me voy,
tan ignorante de lo que en el mundo había.
Sufrí y es el único bagaje que admite la barca que lleva al olvido.
***
Quiero que en sabia esencia, la Paz descienda sobre mí
y anegue generosa en frescura mi interior carcomido.
BELZEBUTH
(Poema de Teresa Wilms Montt,
escrito en Madrid en 1919)
Mi alma, celeste columna de humo, se eleva hacia
la bóveda azul.
Levantados en imploración mis brazos, forman la puerta
de alabastro de un templo.
Mis ojos extáticos, fijos en el misterio, son dos lámparas
de zafiro en cuyo fondo arde el amor divino.
Una sombra pasa eclipsando mi oración, es una sombra
de oro empenachado de llamas alocadas.
Sombra hermosa que sonríe oblicua, acariciando los sedosos
bucles de larga cabellera luminosa.
Es una sombra que mira con un mirar de abismo,
en cuyo borde se abren flores rojas de pecado.
Se llama Belzebuth, me lo ha susurrado en la cavidad
de la oreja, produciéndome calor y frío.
Se han helado mis labios.
Mi corazón se ha vuelto rojo de rubí y un ardor de fragua
me quema el pecho.
Belzebuth. Ha pasado Belzebuth, desviando mi oración
azul hacia la negrura aterciopelada de su alma rebelde.
Los pilares de mis brazos se han vuelto humanos, pierden
su forma vertical, extendiéndose con temblores de pasión.
Las lámparas de mis ojos destellan fulgores verdes encendidos
de amor, culpables y queriendo ofrecerse a Dios; siguen
ansiosos la sombra de oro envuelta en el torbellino refulgente
de fuego eterno.
Belzebuth, arcángel del mal, por qué turbar el alma
que se torna a Dios, el alma que había olvidado las fantásticas
bellezas del pecado original.
Belzebuth, mi novio, mi perdición...